_52C2372.jpg
La vajilla imaginaria

Yo también, cuando era pequeña, cenaba en Nochebuena sobre una 202 Rosa. A la mañana siguiente volvía a comer (lavada y secada con un trapo de algodón) sobre ella. Entonces no sabía que se llamaba 202, sólo que era la vajilla de los días especiales. En aquellos tiempos aún no le tenía apego a los rituales, ni entendía del simbolismo de algunos objetos. Eran objetos y yo un simple testigo de ellos.

Escribo “también”, porque muchos niños y adolescentes españoles vieron cómo en su casa se guardaba con primor una vajilla entera de La Cartuja; su uso era un espectáculo, si entendemos que todo lo extraordinario lo es. En esos platos, soperas, salseras y fuentes se escondía algo que no intuíamos: un sentido de acontecimiento. Pero a nosotros, más preocupados por terminar cuanto antes esas comidas envaradas y esas sopas serias, eso no nos interesaba lo más mínimo. Las vajillas, como las cuentas de los bancos, eran asunto de otra generación: la de nuestros padres. Yo imaginaba algo (siempre dispuesta a imaginar), pero no entendía nada.

_MG_5786.jpg
Con el tiempo, crecí y me convertí, sin premeditación ni alevosía, en alguien conectado a eso llamado espíritu de mi tiempo. Con la llegada del siglo XXI (y tras muchos viajes, estudios, personas, libros y tropezones) aprendí que lo contemporáneo era lo mimado, lo que requería tiempo y escondía una historia detrás. No sólo eso, sino que lo lujoso (un tema del que tenía una ligera idea tras trabajar rodeada de Picassos y de bolsos de piel sedosa) era lo que se traspasaba de generación en generación, lo que escondía conocimiento, lo difícil de conseguir. El lujo era también lo que se arreglaba si se rompía. Entonces me acordé de la vajilla de las Navidades.

Ahí estaba todo. Lo tuve muchos años delante de mí y no lo supe ver. Esas piezas de cerámicas eran muy parecidas, en términos simbólicos, a los bolsos que veía en las tiendas de la rue Saint-Honoré, de Paris, a las habitaciones de hotel en las que me alojaba en Tokio y al ordenador desde el que escribía. Todos ellos generaban conversación y encerraban una innovación; otorgaban status, pero un status cultural, informativo, nada prosaico. Yo no vi nada de esto cuando comía mi sopa de pescado y mi pavo trufado cada 24 de diciembre. Pero ahora sí. Necesité tiempo y mirada.


La cerámica de la Cartuja es una extravagancia y una rareza dentro de la artesanía española. Fue una idea (porque fue así de sencillo, una idea) de Charles “Carlos” Pickman. Este comerciante inglés se dedicaba a la exportación de loza y cristal, pero las dificultades arancelarias eran tantas y el proteccionismo español tan fuerte que se animó a crear su propia loza. Su inspiración era la estética de la loza inglesa; para ello, se instalaron en Andalucía decenas de artesanos y técnicos británicos que sabían como producirla. Pickman trajo, a una España rezagada en la Revolución Industrial, innovaciones como la importación de materias primas, el empleo de moldes y el uso de brazos mecánicos y las prensas. Pero su gran acierto consistió en integrar la tradición ceramista que ya existía en Sevilla. La Cartuja nació en 1841 y fue el resultado de la unión de Triana y Londres, del Big Ben y la Giralda. No era extraño que, entonces extranjeros avispados (industriales o bodegueros) iniciaran sus empresas en España. En paralelo, llegó Mendizábal y su desamortización, situación que aprovechó Pickman para comprar el Monasterio de Santa María de las Cuevas; instaló allí su fábrica y hasta su vivienda, porque la familia residía en la antigua celda del prior del monasterio convertida en vivienda. Había nacido La Cartuja.


Esto sería una aventura empresarial más si no fuera porque los artesanos de la fábrica estaban un poco locos. Ellos comenzaron a decorar sus piezas con motivos nunca vistos en la cerámica española. En los platos aparecían pagodas, pájaros de cuento, paisajes que sólo se habían visto en cuadros de museos…Eran los paisajes imaginados que la burguesía de Andalucía empezó a querer en sus casas. El más popular era el Willow o sauce, atribuido a Thomas Minton y original del siglo XVIII; en su composición más común consiste en una pagoda, un puente, tres arcos, dos pájaros (suelen ser golondrinas) y un sauce llorón. Mirarlo era una invitación al viaje. Era algo irresistible. Y a partir del Willow había decenas de variantes que respondían a los ideales victorianos. Esto no era más que reflejo de lo que ya existía: una sociedad cada vez más viajera. De la misma manera que la fábrica era un espejo de un nuevo paradigma económico heredero de Revolución Industrial que la ciudad no había visto nunca antes. Sevilla tenía un laboratorio de I+D+I y pocos se daban cuenta.

La Cartuja llegó a ser una de las empresas.